Manuel Castells nunca defendió la creación de un Ministerio de Universidades que se escindiera del común formado también por Ciencia e Innovación. Él mismo nos lo hizo saber en la toma de posesión de su cargo, no intentó ocultar su disconformidad y casi peligrosa indiferencia: “No estoy de acuerdo con esta separación, pero al mismo tiempo es lo que hay y no va a haber grandes problemas…”. Llovieron las críticas contra la creación de esta nueva figura política —cómo nos gustan las tormentas — pero también salía el sol para quienes con esperanza y una atrevida confianza (cosas de la desesperación) creyeron que la universidad iba a ser rescatada del elitismo, la corrupción y el desprestigio. Mucho podía esperarse de un reconocido catedrático y teórico en el campo de la Sociología de la Comunicación y la Sociedad de la Información; quizás no tanto de alguien que públicamente reconoce no compartir la decisión de crear el cargo político que él mismo pasaría a ostentar. La vocación intelectual no parecía estar en este caso a merced de la sociedad.
LAS DECLARACIONES MÁS DESAFORTUNADAS
Escasos días atrás, el 7 de mayo concretamente, Manuel Castells hacía unas declaraciones que pronto revolucionaron las redes sociales y terminaron por enfurecer a un estudiantado ya indignado con su situación. Las quejas por la (in)adaptación de la docencia online se han plasmado durante este tiempo en hashtags tan reivindicativos como acusatorios. La protesta virtual, que ha señalado directamente a no pocas universidades españolas, ha venido denunciando numerosas desatenciones e injusticias. ¿Qué pasa si se cae internet cuando estoy haciendo un examen? ¿Qué pasa si ni siquiera tengo acceso a Internet? Y si tengo pero comparto ordenador con mis hermanos, ¿cómo investigo y escribo todos mis trabajos? ¿Qué es la docencia online: subir muchos pdf y marcar más entregas? ¿Qué hago si no tengo acceso a toda la bibliografía que necesito? Eso por no hablar de la incertidumbre que envuelve el tema de los Erasmus, las prácticas curriculares o los Trabajos de Fin de Grado.
Han podido pasar dos cosas: el Ministro no está al tanto de estas realidades y preocupaciones —versión inverosímil, pues él mismo ha admitido recibir “más de cincuenta correos diarios” de alumnos y alumnas— o, estando al corriente, ha optado por servirse del tono irónico para regañar y culpar a los universitarios, como si fueran ellos responsables, y no primeras víctimas, de la situación académica que atraviesan.
“Cuando empezó el Estado de Alarma y se fueron alegremente con sus familias, a su lugar de residencia, a lugares más divertidos que el lugar donde estaban estudiando… Se dejaron en sus residencias o pisos alquilados los portátiles, los apuntes, los libros… Todo lo que necesitan para preparar los exámenes. Problemita: ahora llegan los exámenes”.
Manuel Castells, Ministro de Universidades
La diversión y la alegría que Castells presupone se contradice con los datos aportados por un reciente estudio de la Universidad Complutense: los jóvenes entre 18 y 24 años han sido los más vulnerables a la depresión durante esta crisis sanitaria (y económica, y social, y personal, y mundial…). Algo no cuadra.
ALGUNOS TESTIMONIOS
Claudia tiene 35 años. En 2008 terminó la carrera de Fisioterapia y ahora estudia Óptica y Optometría en la Universidad Politécnica de Cataluña. Madre, universitaria, y hasta verse afectada por un ERTE, también trabajadora. Ella misma escribe en un tweet que desde entonces no ve la diversión de la que habla Manuel Castells por ninguna parte. La hija de Raquel cursa el quinto año del doble Grado de Derecho y Administración de Empresas en la Universidad de Oviedo. Ha regresado a casa, como tantos otros. Raquel recrimina al Ministro sus formas y recuerda que a pesar de sus recursos económicos limitados, sigue pagando el alquiler de su hija, “una buena estudiante que ha quedado metida en un gran problema con esta situación”. ¿Volver alegremente, señor Ministro?
Andrea tampoco entiende las declaraciones sobre el retorno a “lugares más divertidos”. Es de Olvera (Cádiz), pero estudia Trabajo social en Málaga. Con la suspensión de las clases eligió volver a su pueblo para ayudar a sus abuelos con los recados, a fin de evitarles una mayor exposición al contagio. Ahora no puede dedicar tanto tiempo al estudio como le gustaría. No es cuestión de apuntes o libros olvidados, sino un acto de responsabilidad que pone una vez más de manifiesto la dificultad de conciliar los cuidados con la realización de proyectos profesionales (ya sea el trabajo en cuestión o la formación para acceder al mismo).
Y eso para los que vuelven. Algunos siguen a más de 1500km del hogar, por responsabilidad (sí, responsabilidad) y porque al intentar regresar “nos surgen varios impedimentos”. Es el caso de Allende, canario que reside en Granada para estudiar Ciencias Políticas. Él habla del “impedimento moral” que les llevó a decidir a él y tres conocidos más no volver a Gran Canaria al inicio de esta situación: “no queríamos contagiar a nuestras familias ni llevar el virus”. Ahora volver es prácticamente imposible para ellos dada la escasez de vuelos y las numerosas escalas que tendrían que sortear antes de llegar a su destino. Además, la zona de la isla en la que vive Allende no tiene una buena conexión a Internet, lo que le complicaría aún más la ya ardua tarea de seguir el curso académico online.
La situación de José Luis es compartida por muchos estudiantes que volvieron el fin de semana a su casa como acostumbran a hacer, pero tras la declaración del Estado de Alarma ya no pudieron regresar a las ciudades en las que estudian. José Luis cursa una Ingeniería en Universidad Politécnica de Cartagena, donde prepara su Trabajo de Fin de Grado. Explica así su caso: “pasé toda la semana en casa de mis padres con fiebre, fui al médico y todo. Podría ser que tuviera coronavirus, pero no lo sé porque no me hicieron las pruebas”. Una semana más tarde, convencido de que no podía ser portador de la enfermedad (todavía en estas fechas nuestro país seguía viviendo en una relativa normalidad), regresó a Cartagena para realizar algunas gestiones de la universidad, pero apenas dos días más tarde volvió a sentirse mal y regresó a Murcia a petición de sus padres. “Me llevé lo más importante. En Madrid se habían cancelado las clases pero en Murcia seguían con la broma de que aquí no iba llegar. En ningún caso pensé que fueran a ser más de 15 días”. Después de dos meses, “lo más importante” no es suficiente. José Luis considera mezquino que se culpe a los alumnos de estas situaciones: “nos hemos sentido insultados porque se trata al alumnado de pillo. Esto debería ser un compromiso mutuo”.
La Coordinadora de Representantes de Estudiantes de Universidades Públicas (CREUP) coincide en que las palabras del Ministro son “una falta de respeto al estudiantado”, según compartió con Europa Press. Las respuestas también han llegado desde el Sindicato de Estudiantes y del Frente de Estudiantes, que coinciden en su valoración negativa. Parece que para los estudiantes los exámenes son solo una parte más del problemita (o problemón).
