
“¡Españoles, vuestro Estado no existe! ¡Reconstruidlo! Delenda est monarchia”. Esta es la última frase del artículo que Ortega y Gasset publicó en noviembre de 1930: El error Berenguer. El filósofo español lo tenía claro: había que destruir la monarquía. En los cafés, en las aulas y en las fábricas sobrevolaba la misma determinación: era el momento de que los españoles tomaran las tiendas de su destino; era el momento de la II República.
Pero España no se acostó monárquica y se levantó republicana: el cambio de régimen era el punto y final de un largo proceso que se fue fraguando en los últimos años de la dictadura. La oposición a Primo de Rivera era cada vez mayor: los intelectuales estaban hartos de censura y los nacionalistas reclamaban el derecho a expresar su identidad. También se opusieron socialistas, comunistas y anarquistas, que aspiraban a la emancipación del pueblo trabajador y eso era imposible en el marco de la dictadura (aunque los socialistas obviaron ese detalle hasta 1929). Y luego estaban los republicanos, que eran, pues eso, republicanos.
Tampoco le faltaron enemigos en sus propias filas: algunos partidos dinásticos y determinados sectores del ejército fueron sumándose al descontento general. Incluso Alfonso XIII, un poco asustado por la posibilidad de que la dictadura se llevara por delante a la monarquía, dio la espalda al dictador. No le hubiera venido mal planteárselo unos años antes, cuando decidió violar el orden constitucional y apoyar el golpe de Estado. El 30 de enero de 1930 ya era tarde, también para él.
Primo de Rivera dimitió ese día y el general Berenguer ocupó su puesto con la misión de celebrar elecciones. El plan del monarca era recuperar la “normalidad constitucional”, hacer como si nada. Pero la opinión pública estaba muy lejos de querer olvidar. La oposición empezó a organizarse y los republicanos, los catalanistas de izquierda y el PSOE acordaron la firma conjunta del Pacto de San Sebastián (agosto de 1930).
Este encuentro sirvió para establecer un programa electoral, pero también, y, sobre todo, para trazar la estrategia que los llevaría a instaurar una futura República. La ciudad vasca no fue elegida al azar: era la residencia temporal de verano, no sólo de la realeza y la aristocracia, sino también de buena parte de la burguesía española. Donostia era el símbolo de una España en la que muchos ya no querían reconocerse.Y con el Pacto de San Sebastián se profanó ese símbolo.
Pero las elecciones prometidas no llegaban. Berenguer atrasaba día tras día la convocatoria y el espíritu republicano crecía todas las noches. Los españoles estaban hartos de excusas y ficciones; querían votar, y querían votar ya. Ante esta situación, Alfonso XIII decidió sustituir en febrero de 1931 a Berenguer por el almirante Juan Bautista Aznar, que puso en marcha unos comicios en los tres niveles establecidos: municipales, provinciales (diputaciones) y legislativos.
El gobierno pensó que las elecciones municipales supondrían un menor riesgo para la corona, así que empezó por ellas y las fijó para el 12 de abril de 1931. Pero la calle era consciente de que, fueran las que fuesen, las elecciones iban a ser planteadas como un plebiscito sobre la continuidad de la monarquía. Y los españoles, a veces desmemoriados, no olvidaron la estrecha relación del rey con la dictadura.
Las elecciones municipales: 12 de abril
La participación fue muy alta y las candidaturas republicano-socialistas triunfaron en las grandes ciudades, donde no llegaban los caciques y la libertad de voto era real. También lo hicieron en 41 de las 50 capitales de provincias y en la mayor parte de los núcleos industriales. Y, aunque el número de concejales monárquicos era ligeramente superior, se hizo evidente que una buena parte de los españoles querían una España sin Borbón.
Proclamación de la II República: 14 de abril
Tan solo dos días después, a las 06: 00 de la mañana, los concejales de Éibar colgaron en el ayuntamiento la bandera tricolor y proclamaron la República. El ejemplo de la ciudad vasca se extendió rápidamente por todo el territorio. Era un día primaveral y las calles se empezaron a llenar de forma espontánea y pacífica: los españoles estaban de celebración. Fue entonces cuando Alfonso XIII decidió apartarse de España, “reconociéndola así como única Señora de sus destinos”.
Los representantes de los partidos firmantes del Pacto de San Sebastián constituyeron un gobierno provisional y al caer la tarde se presentaron en el Ministerio de Gobernación, en la Puerta del Sol. Allí, el nuevo presidente, Niceto Alcalá Zamora, proclamó la II República Española. El rojo, el amarillo y el morado habían llegado (al fin). Pero no para quedarse, ya saben.
