Bea llora, quiere salir a la calle. Calle, calle, calle. No le valen los libros que propone su padre ni todos los juguetes que rodean la escena. Con las manitas apoyadas en la puerta suplica derribar la barrera fronteriza que de un día para otro le ha robado su libertad. Luego, en una perfecta interpretación melodramática, la pequeña se deja caer sobre el suelo. Ay.
Por si a alguno o alguna no le sonara la secuencia descrita, aquí pueden conocer a la protagonista de la historia, una niña que no comprende (y a la que comprendemos).
Vivimos días nuevos. Supongo que todos lo son, en realidad. Nunca sale el sol por el mismo sitio, lo meditaré con la almohada y otras dosis de confianza en el amanecer. Sin embargo, la rutina al final se mantiene, el sistema parece funcionar (especial énfasis en el primer verbo) y la vida, asfixiada a veces, corre por las calles que Bea añora y reivindica. ¿Siempre? Ya no. Un virus recorre Europa y el mundo; contra sus fantasmas: salud, dinero y amor.
Sábado, diez de la noche. Los españolitos (en palabras de Mecano) y las españolitas (en las mías) hacemos por una vez algo a la vez. Los aplausos, únicos autorizados para abandonar el hogar en el Estado de Alarma, se lanzan al vuelo desde terrazas, balcones y ventanas con una causa más que justificada: agradecer. El ruido, especialmente cuando pone fin al silencio diurno, conmueve. No hay manos mudas ni discrepantes, todas coinciden en que la labor desempeñada por el personal sanitario merece elogios y necesita fuerza. Y es así como, ¡tachán!, asistimos a la macabra y cómica escena: la sanidad pública siendo aplaudida también por aquellos que con sus votos sustentaron las palizas, cómplices (culpables) de su maltrato.
Este virus de nombre monárquico (y del que ha sacado provecho la Corona, pero ese es otro tema), nos confina en el ámbito privado mientras pone a prueba la sanidad pública, que parece ser la única dispuesta (¿y capacitada?) para plantarle cara. La privada ha demostrado ser, estos días más que nunca, un negocio cobarde e ineficiente, además de clasista, deshumanizador y egoísta. Faltan más de 12.000 camas hospitalarias desde que en 2010 se dio paso a su cierre, falta personal sanitario para soportar las jornadas que nos asolan, faltan medios para cubrir las necesidades de la población y garantizar su seguridad, faltan infraestructuras para cuidar y curar la salud en quiebra de los ciudadanos y del sistema. La saturación y el colapso llegan como consecuencia de la irresponsabilidad y la inconsciencia. Al límite de nuestras capacidades, aplaudimos.
Lo hacemos por quienes con su esfuerzo intentan compensar todo tipo de carencias. Por quienes bajo un Estado de Alarma se ven obligados a coger el metro para acudir a su puesto de trabajo. Por quienes recorren las calles vacías en bici, tocan el timbre y como los Reyes Magos, dejan el regalo y se van sin ser vistos. Por las que dedican sus horas a lavar el pelo de la señora del quinto y hacerle la compra de la semana. Por quienes están para que hagamos la compra de la semana. Por los que desinfectan la vía pública en bucle. Por los que reparten mascarillas para protegernos a nosotros, que un día pretendimos protegernos de ellos. Por las que cuidan ahora porque ya cuidaban antes, porque cuidan siempre. Por quienes no tienen la opción de quedarse en casa y por las que nunca pueden irse.
Hemos cometido errores, cómo no hacerlo ante lo desconocido. Hemos tardado en comprender, igual que Bea. Pero la histeria comienza a transformarse, no sin esfuerzo, en responsabilidad ciudadana (impuesta o voluntaria, pero responsabilidad al fin y al cabo), y el miedo se disuelve en memes que abrigan un poco la angustia. Ahora se escuchan los pájaros en un mundo frenético pero paralizado, la mayor revolución de todas. La cuarentena continúa y la lucha sigue: por la salud, con dinero y llenita de redes de apoyo y amor. Paciencia en los telares.
